El cielo nuboso, sin parar de llover. Truena. Truena y truena muy fuerte, como si el cielo quisiera que, por fin, te dejes detener.
Quizás el mundo olvida que pasas, pero el tiempo no olvida lo que estás haciendo o, mejor dicho, ¿te olvidas tú de existir? No paro de creer en lo que se siente cuando uno descansa de verdad: ese peso de soltarlo todo y, simplemente, alejarse.
La paz llega así, apartada del ruido, de las notas, de ese bolígrafo que no descansa. Mueves la mano cada dos por tres, como si el tiempo fuera un animal al que quieres alcanzar.
Pero en la asombrosa casa de tu hogar hecha de caos, pero tu hogar, ahí es donde respiras.
De repente, en el bus, te asaltan los recuerdos. No los grandes monumentos, sino aquel momento en la estrecha calle 39: el suelo mojado reflejando unas puertas de madera algo desgastadas.
Esa luz de la puesta de sol, en un tono rosa anaranjado, atravesando la calle justo en ese instante.
Caminabas explorando esquinas curiosas, buscando capturar algo que se te escapaba.
Pero de pronto, te sientas. Hueles el aroma del té o la infusión, rompiendo la rutina del café de todos los días. Y ahí, sin cámara y sin ruido, descubres la felicidad inmensa: esa que llega sin olvidar quién fuiste, pero sobre todo, sin olvidarte de quién eres ahora.
Sigue el día nublado, sin parar de llover. Truena.
Truena muy fuerte para que no te muevas. Para que, por una vez, te quedes contigo.



Ojalá poder disfrutar más de esos momentos!!